El que duerme con niños, amanece meado
Todo comenzó cuando tenía como 15 años y empecé a recibir llamadas de esos chicos que todas deseaban, pero yo elegí a un viejo y tímido amigo como mi primer novio. Creo que en el fondo él estaba agradecido, sabía de mi novedosa popularidad y se sentía privilegiado. Más tarde, no sé cómo, se transformó en un rompecorazones y fue invitado a ser parte del club de los “deseados”. Un año más tarde, dejamos entre lamentos, prometiéndonos nuestras virginidades. Durante años él intentó cobrar la promesa, incluso después de haberle dado mi “promesa” a otro, vino reclamando un poco de esas cenizas: ¡Ni loca!
-Me gustan los hombres que me vuelan la cabeza. Me dice mi amiga Inés con la que comparto secretos.
-A mí también. Le respondo. El problema es que muy pocos me la logran volar.
A Nacho lo conocí el día indicado. A los 6 meses ya tenía un cepillo de dientes y una afeitadora en casa. Me encantaba despertarlo con mis manos y mi boca en su nuca. Hacía muy poco había cumplido la mayoría de edad y le encantaba hacerse el experto en la cama. Decía que había estado con 6 chicas antes que conmigo y yo dividí el número (y eso que no le desconté el IVA). Le encantaba mentirme con una inocencia hasta divertida. A su padre nunca lo conocí. Tenía otros 3 hijos, cada uno de un matrimonio diferente. ¡Muy responsable el señor, una mamá para cada hijo! Con la mamá de Nacho nunca se casó. Le compró la casa donde ahora Ignacio vivía con su madre y pagó así su cuota de paternidad.
- Si me dejas quedarme en tu casa esta noche, te prometo que mañana te despierto con el mejor desayuno de tu vida-. Sólo por saber cual sería el mejor desayuno de mi vida, lo dejé quedarse. Por supuesto que no hubo desayuno, al menos no uno que llenara la panza.
Le decía Nacho porque todos lo llamaban así, pero hubiera preferido llamarlo Ignacio. Me gusta el nombre Ignacio. Después se empezó a quedar más seguido en casa y sin invitación. Veíamos películas que él consideraba demasiado aburridas y verlo dormir a mi costado me enternecía y entonces lo dejaba quedar.
Su madre constantemente me invitaba a almorzar los domingos, sólo fui una vez. Ir a su casa hacía más seria la relación, cosa fuera de mis planes.
La madre de Ignacio era un personaje, hablaba de él con un brillo en los ojos que era imposible no quererlo. Nacho le daba casi toda la plata que ganaba a su madre, la cual a mi parecer se la pintaba y se la fumaba. Cuando hablo de pintaba me refiero a que pintaba cuadros, cuando hablo de que se la fumaba… hablo de que se la fumaba.
-¿Te parece mal que mamá fume porro delante de mí como si nada?
-Y no sé chiquito… ¿a ti te parece mal?
Claro que me parecía mal, pero me encantaba esa inocencia que tenía e intentaba no llenarle su alma con mis prejuicios y opiniones.
Yo era varios años mayor que él. Cuando lo conocí me dijo que tenía 27 años y yo le creí. ¡Qué idiota! Sólo necesité estar sobria, para darme cuenta que ni en pedo tenía la edad que se alegaba.
En la época que dejé a Ignacio la relación se había vuelto tediosa, él me encrespaba, me sacaba de quicio, me desesperaba. Se había dejado un peinadito con el que parecía un cantante de reggueton, con unas patillas que le llegaban casi a la quijada y quería tatuarse algo asqueroso como un corazón espinado con el nombre se su madre (me diculpo con aquellos que consideran que tatuarse el nombre de la madre está bueno o con los amantes de los trillados corazones espinados). Todo me superaba. Estaba atravesando una etapa de innovaciones idiotas donde el hecho de tener qué pensar si lo que me decía era enserio o se quería hacer el rarito me ponían muy nerviosa.
-Quiero operarme y abrirme la lengua en dos, como una serpiente. Quiero dos hijos: Juan Ignacio y José Ignacio.
A veces pensaba que todo era para enloquecerme, y lo estaba logrando. Por una época le dio por hacerse el malito y me informaba que no se iba a quedar en toda la semana porque iba a estudiar en la casa de una compañerita. No sé si estudiaba, no sé si se la cogía, no sé si estaba conspirando para volverme loca, pero sus días en mi vida estaban contados.
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